domingo, 2 de febrero de 2014

Di mi nombre

Allí se encontraba, recostado en la cama, con el ordenador sobre las piernas, viendo una de sus series favoritas. Era una fría noche.

Esa mañana había despertado como todas, abrazándola, disfrutando de ella, respirando su tranquilidad, ella, quizá aún dormía, o quizá ya hubiera despertado y se hacía la dormida.

Ese hombre, que la noche anterior la había intentado envenenar, que había sentido el olor a fracaso y ron que de su boca emanaba, aquel hombre que impedía que se fuera, que huyera y volara lejos, muy lejos, donde aquel hombre la dejara en paz.

Ella había estado con muchos hombres, la verdad, siempre cuando peor estaban, eran sus víctimas, o quizá, la víctima era ella, ya que estaba condenada a buscar a esos hombres fracasados, a esos hombres a los que nadie quería, y ella, era débil, y buscaba la debilidad, y asustaba a esos hombres, y los atormentaba, y ellos le temían, y a su vez, también le gritaban, le lloraban y pese a que ella no quería estar, la culpaban, pero ella no tenía la culpa, eran ellos los que la habían llamado o quizá alguien les había presentado, como una cruel broma del destino.

- Son todos iguales. -pensaba ella. Primero resulta que parece que se entregan, lo dan todo, incluso en algún momento, resulta convincente, casi real. Luego, se asientan en la comodidad, piensan en otras: Lujuria, Victoria, Mentira, Verdad, Violencia, Distancia...pero es sólo con una de ellas con la que sienten más morbo, con la que realmente es atractiva, pero a la vez valoran y quieren experimentar... - Conmigo, -se decía ella- conmigo es con quien añoran estar. Me desean tanto cuando no me tienen, y tan poco me valoran que hasta llegan a maldecirme cuando ya me tienen.

- Otra vez la misma historia. Igual que con Ellas. Primero me utilizan, creen que conmigo están bien pero se dan cuenta que no soy lo que necesitan... Entonces, ¿qué es lo que necesitan?.

Pero este hombre parecía distinto, no parecía un aprovechado, de hecho, aún ni siquiera le había culpado. Sabía que era una relación temporal, él se lo había prometido, pero que la necesitaba de momento, pero la necesitaba de manera distinta a los demás. Estaba hablando con ella, tratando de iniciar una relación, bonita, si bien es cierto que había sido tormentosa al principio, quizá la gran tormenta ya había pasado.

- Sé que te dejaré por otra - Le repetía él- pero quiero aprender de ti, si tú quieres, si no, sólo tienes que marcharte, prometo cuidarte mientras estás aquí, enséñame todo lo que sepas, de ti, de mi. No prometo no necesitarte más, quizá, te necesite como amante, ¿aceptarás eso?. Pero sé que eres el amor de mi vida, aunque no pueda convivir contigo. Espero me entiendas. Tú te irás y volverás, lo sé, pero siempre serás bien recibida, y mi cama estará para ti siempre que quieras.

Ella vió en aquellos ojos marrones y húmedos una sinceridad como ninguno le había demostrado hasta ahora. Muchos jugaban con ella, él la necesitaba. Aceptó el compromiso, aunque a ella le doliera, a pesar de que a veces estarían distanciados.

Esa noche, los dos se fueron a dormir apaciblemente, ella le había susurrado palabras de amor y cariño; él, cumplió con su promesa, durmió abrazado a ella, mimándola como se merecía.

Antes de dormir, él pronunció su nombre, y ella sintió estallar. Con los ojos bañados en lágrimas él le susurró:

- Te amo, Soledad.

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