Déjame que conduzca esta noche,
bajo esta ácida lluvia
que anega mi alma.
Con el riesgo
de tener la garganta
abrasada por el alcohol
y la vista perdida
mirando por el retrovisor
el ayer.
Sin temor a no tener frenos
y chocar contra tu cuerpo.
Sin cuidado de no derrapar
con las manos en tu espalda,
Ni chocar contra los quita miedos
que desgarran la ropa.
Dejando atrás muchos "para siempre"
en las cunetas de las carreteras
abandonadas
a
su
suerte.
Haciendo caso sumiso,
a las tímidas señales que me das
que me indican
qué
curvas
debo
tomar,
en
cuáles
debo
acelerar
y en
cuáles
debo
tirar
del
freno (y)
de (las)
mano(s).
Sabiendo que
mirándote a los ojos
saltaría
por cualquier acantilado.
Para convertirnos
en mar y roca
y un amasijo
de carne y huesos,
de heridas y besos,
de fuego y de versos.
Déjame que esta noche, conduzca yo,
en esta carretera
de lujuria desenfrenada
de deseo acelerado
y besos a la carrera.

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