martes, 23 de septiembre de 2014

Búscate otro gato, princesa

Quieres venir otra vez, cual gata en celo,
sabiendo que me bajaste de los tejados.

Mas ya no soy ese gato, princesa.

Ahora voy rebuscando en la basura,
los gestos sintéticos de tus andanzas,
los torpes pasos de tus danzas
los besos de los corazones en mudanzas
y las verdades a medias que se clavan como lanzas.

Ya no soy ese gato, princesa.

Ahora no maúllo, sólo aúllo, princesa.
Soy el perro que ladra al niño del panadero,
para recibir algún cariño y unas migajas de un pan caducado y duro.
Soy el vagabundo con malas pulgas
que se entretiene lamiéndose las heridas
y que ya no sube a los tejados para encontrar alguna gata con collar.

No, ya no soy ese gato, princesa.


Que ya nadie ata ninguna de mis patas
que ya no soy bufón ni rey de cualquier cabalgata
ni socio VIP de ningún burdel
ni pirata.
No soy flor ni espinas,
solo el tallo de la rosa del tango de Gardel.

Pero no ese gato, princesa.

Y mis lágrimas dejan de aparecer en los bares y en los parques
en donde te quise ver.

Ya no soy ese gato, princesa,

Ahora vivo de polizón
en un barco a la deriva,
con un capitán loco
un marinero ciego
y nadie con voluntad al timón.


Ya no soy ese gato, princesa

Pensando que habrá sido de tu belleza,
si es muda mi certeza,
si sigues mezclando la sonrisa con el ron,
las faldas cortas y la cerveza.

Ya no soy ese gato, princesa.

Si hay algún estúpido pirata
que ha varado en tus labios de coral,
si siguen sabiendo a fresa,
a muerte entre las flores,
a licor de cereza.

Ya no soy aquel gato, princesa.
que maullaba versos y pedía compasión
y quería servirte de presa,
entregándote ensangrentado el corazón.

Búscate quien te ladre princesa,
que este perro vagabundo encontrará a su dama
entre las páginas vacías de un cuaderno,
a las puertas del averno,
o en la calle principal del más pernicioso o concurrido bulevar.

Ya no soy aquel gato, princesa.

Ya no quedan
ni las llaves en la mesa
ni comida en la despensa
sólo migas y despojos en la encimera,
la maldita indiferencia,
del poeta la quimera
y algún pantalón encima del sofá.

Ya no soy ese gato, princesa.

No encuentran fotos tuyas en las paredes que me hablan
y cuyas palabras resuenan, en mi dura soledad.
Dejo entreabiertas puertas y ventanas
buscando el aroma furtivo de algún blues que me reviva
pues ando deambulando de alquiler
en casa de un tal Joaquín Sabina,
en el número siete de la Calle Melancolía.

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