Quieres venir
otra vez, cual gata en celo,
sabiendo que me
bajaste de los tejados.
Mas ya no soy ese
gato, princesa.
Ahora voy
rebuscando en la basura,
los gestos
sintéticos de tus andanzas,
los torpes pasos
de tus danzas
los besos de los
corazones en mudanzas
y las verdades a
medias que se clavan como lanzas.
Ya no soy ese
gato, princesa.
Ahora no maúllo,
sólo aúllo, princesa.
Soy el perro que
ladra al niño del panadero,
para recibir
algún cariño y unas migajas de un pan caducado y duro.
Soy el vagabundo
con malas pulgas
que se entretiene
lamiéndose las heridas
y que ya no sube
a los tejados para encontrar alguna gata con collar.
No, ya no soy ese
gato, princesa.
Que ya nadie ata
ninguna de mis patas
que ya no soy
bufón ni rey de cualquier cabalgata
ni socio VIP de
ningún burdel
ni pirata.
No soy flor ni
espinas,
solo el tallo de
la rosa del tango de Gardel.
Pero no ese gato,
princesa.
Y mis lágrimas
dejan de aparecer en los bares y en los parques
en donde te quise
ver.
Ya no soy ese
gato, princesa,
Ahora vivo de
polizón
en un barco a la
deriva,
con un capitán
loco
un marinero ciego
y nadie con
voluntad al timón.
Ya no soy ese
gato, princesa
Pensando que
habrá sido de tu belleza,
si es muda mi
certeza,
si sigues
mezclando la sonrisa con el ron,
las faldas cortas
y la cerveza.
Ya no soy ese
gato, princesa.
Si hay algún
estúpido pirata
que ha varado en
tus labios de coral,
si siguen sabiendo
a fresa,
a muerte entre
las flores,
a licor de
cereza.
Ya no soy aquel
gato, princesa.
que maullaba
versos y pedía compasión
y quería servirte
de presa,
entregándote
ensangrentado el corazón.
Búscate quien te
ladre princesa,
que este perro
vagabundo encontrará a su dama
entre las páginas
vacías de un cuaderno,
a las puertas del
averno,
o en la calle
principal del más pernicioso o concurrido bulevar.
Ya no soy aquel
gato, princesa.
Ya no quedan
ni las llaves en
la mesa
ni comida en la
despensa
sólo migas y
despojos en la encimera,
la maldita
indiferencia,
del poeta la
quimera
y algún pantalón
encima del sofá.
Ya no soy ese
gato, princesa.
No encuentran
fotos tuyas en las paredes que me hablan
y cuyas palabras
resuenan, en mi dura soledad.
Dejo
entreabiertas puertas y ventanas
buscando el aroma
furtivo de algún blues que me reviva
pues ando
deambulando de alquiler
en casa de un tal
Joaquín Sabina,
en el número
siete de la Calle Melancolía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario